No es ingenio de hombre el que oigo

Teresa, de la rueca a la pluma

Pedro Paricio Aucejo

En 1556 el rey Carlos I de España, después de su larga entrega a la acción de gobierno, decidió retirarse al monasterio de Yuste para hacer vida conventual. Estableció su residencia en aquel rincón de Extremadura, cercano a la población de Cuacos, en la comarca cacereña de La Vera, donde se alojó durante sus dos últimos años de existencia. Cuando hace dos décadas visité este recinto, antes de entrar en los aposentos privados del monarca, me llamó la atención una inscripción situada en la galería de acceso, en la que se recogía la ejemplar sencillez y la fuerza expresiva de unos clásicos versos de tono horaciano: “¡Qué descansada vida/ la del que huye del mundanal ruïdo,/ y sigue la escondida/ senda, por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido…”.

Lo que estaba leyendo en ese momento era la estrofa inicial de la Oda…

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